sábado, 24 de febrero de 2007

jueves, 22 de febrero de 2007

A las viudas del mar.-

Agua,
sangre clara de nieve
bajaste por el párpado sombrío de las lomas
cantarina, saltando,
hasta dar con agua grande.
Allí, tras darte en sal
subiste hasta su barco
y encontraste esa rosa entre los leños
abierta por los gajes
y entrando a fondo
y a flor del sesgo, manando, a la callada,
regaste para hierro
hasta tapar con tu mano aquellos labios
que hubieran todavía reído
tanto,
hasta hacerme besar,
mala bendita
aquel rostro querido
dado definitivamente
a blanco.
De entonces
tantas, tantas veces
hermana, juntas regamos
tú en serena lluvia, yo, en mis lágrimas
la suave piedra blanca
con la que ahora le evito la vergüenza
de escucharme llorar, ya envejecida
y de que vea, leño blanco de la rosa,
del dedo de la muerte
la cala.

viernes, 16 de febrero de 2007

A mástil.-

He de hacer algo con las fechas
liberarme de tanta acumulación absurda
preparando una noche
que quepa en los bolsillos.

De la mano del viaje
mi idea fuera coserme al horizonte
por ser un Odiseo sosegado
burlando a las sirenas.

Poniendo así a la par,
digo,
la eternidad del vuelo
el viento
y la pira de los pájaros.

Tal vez así demuestre
que es triste el tener que deshacerse.

Pero no necesario.

domingo, 11 de febrero de 2007

sábado, 10 de febrero de 2007

Fruto.-

Escuchando a la nube hablar de agua
espesaba la tarde su vara de justicia,
enfermera notable, trataba vanamente
de curvarme de mares, retrepada en el frío.
Encontró en mi boca plena de lágrimas sin fondo,
la sed que vierto al cuenco que habita en el abrigo:
allí guardo estos días, por tenerlos a mano,
cadáveres en sombra templándome la cuera.
Con este material, y el amplio saco
habré de saber labrarme la hoz antes del corte,
y, tomando de barro, forjar de las costillas
loores a este bol.
Por hincar, redondo, en el vientre de la fiebre,
mi atónita bandera.
Vivir no sea otra cosa
que ir ladrando estas lunas de pan virgen,
lunas de lobo atado
al hambre,
por las que este lobo mío, del pan de entre los dientes
se mantenga.
Ea pues,
que va siendo la hora de llover con toda el alma,
teniendo ante los ojos desnuda ya la clave.
El fruto mío
será fruto que, en sazón, daré al árbol,
fruto bendito,
mordido por los pájaros…

martes, 6 de febrero de 2007

domingo, 4 de febrero de 2007

Cava en mí.-

Cava en mí una sed que a pozo abraza,
madre muerta.

El horizonte enseña
una ciega de manos
con aquellas heridas, graves lunas rotas,
grandes, blancas, de tu razón,
buen muertas...
Y está toda esta sed
de lluvia, de caricias
llanto y cuentos,
bailándome la silla.

¡Madre
tú no tuviste del beso de tus nietos.
Veinte años llevaras tú ya muerta
cuando ellos vinieron a la vida!


¿Y no vendrá, pues, pronto
la ciega a mí a buscarme?
¿Y va a ser larga, pues,
la furia de la luz?
¿Siempre este sol quemándome la espalda?

¡Ay! Es este dios, de helado gesto,
de perro nunca ahíto,
que clavándonos de una a otra cruz nos ladra
gozando en las heridas...

Sangre.-















Me sangran los bigotes retorcidos
las manos de la pipa, ese buen fuego,
los faldones olorosos de la abuela
la caricia que brindo al gato susceptible
y esto todo, moroso, voy notando
en el libro al que presto desempeño.
(Sobre el fogón nos guarde, el gato,
bien debidos los troncos a sus uñas)

Como medida, a fin de procurar ajuste,
he tenido que bordarme al arcón de la manteca,
(y desde que comí de aquella cáscara
sabed que no ha llovido).
Ignoro si estos resultan buenos síntomas,
o si la partida está por ir con nuestro enfermo.
Pero la muerte, que acerca los espejos,
y salta a comba el vaho
parece quiera, de momento, marrarnos con su pifia.
Así, que mano a mano más nos parecemos
seguiremos lloviendo por las dunas
y buscando de sangrar entre las hojas
heridas de balazo.

Eso, y correr del cazador,
como cualquier otro animal
que escriba.

Poema.-

















Que en días de suerte
la amplia sábana del aire
me brinde su rebozo.

Pues quiero retratar el blando laberinto
y bárbaras regiones
devengarán en vuelo.

Así esta fiebre,
gélido deseo, fría alpaca,
se me torne de lana entre los dedos.

Y que la magia del viento nos asista
en la leva de párpados.

Tal vez, pulido en rostro,
habré logrado el verso
redondo al que aferrarme.

Desde él, el día del sol, tal vez vislumbren,
-madero al malogrado-
aquel paraíso grande que perdimos,
y del que intermitentemente
somos parte.