jueves, 22 de febrero de 2007

A las viudas del mar.-

Agua,
sangre clara de nieve
bajaste por el párpado sombrío de las lomas
cantarina, saltando,
hasta dar con agua grande.
Allí, tras darte en sal
subiste hasta su barco
y encontraste esa rosa entre los leños
abierta por los gajes
y entrando a fondo
y a flor del sesgo, manando, a la callada,
regaste para hierro
hasta tapar con tu mano aquellos labios
que hubieran todavía reído
tanto,
hasta hacerme besar,
mala bendita
aquel rostro querido
dado definitivamente
a blanco.
De entonces
tantas, tantas veces
hermana, juntas regamos
tú en serena lluvia, yo, en mis lágrimas
la suave piedra blanca
con la que ahora le evito la vergüenza
de escucharme llorar, ya envejecida
y de que vea, leño blanco de la rosa,
del dedo de la muerte
la cala.

2 comentarios:

mabel casas dijo...

federico
solo los pueblos de pescadores,pueden tener este poema en el alma y sentir que logra resumir el dolor eterno de quien a perdido alguien en el mar

en el desgarro...tus versos ponen la belleza lágrima a través de partir del agua y culminar en esa flor erguida y triste :la cala
un cariño Mabel
P_D:te dejo pag de cuentos breves que estoy posteando
www.cuenteraderio.blogspot.com

Federico Ruibal dijo...

Pues no había pensado en la cala...

Lo cierto es que en España existe una expresión, la de "calar" (atravesandola para comprobar su humedad) una sandía, por ejemplo, para ver si está madura...

Un abrazo, Mabel. Ya conocía las orillas de la cuentera. Añado el link a mi creciente colección.

Un abrazo grande.

f.-