jueves, 11 de enero de 2007

HORACIO, POÉTICA

“¿Y a quién no engaña el fogoso y pronto deseo de algo bueno, aun antes de empezar? Me afano en ser breve o tal vez me convenga ser oscuro; mas nervio y aliento me faltan cuando corro y, buscando lo sublime, acabo dando voces. Me arrastro en la tierra por prudente o me hundo en ella por miedo al temporal. Queriendo librarme de mi sencillez con un prodigio, me veo pintando un delfín en la arboleda y un jabalí rampante entre las olas. Debes saber que quien huye aprisa de un error, en vez de irse lento como el arte, da de bruces con vicios impensables. Sólo importa el todo: eso es antes que nada. Qué me importa esculpir uñas o cabellos o narices si no comprendo el cuerpo que los lleva. ¿Qué cosa o persona puede vivir esclava de sus partes más pequeñas? ¿Acaso tú, tras una vida aprendiendo, despiertas de mañana ansioso por lo bueno y pierdes el día, royéndote el apuro, sin un sólo pensamiento para el todo? Emprende, cuando escribas, algo digno de tus fuerzas y piensa largo tiempo la carga que echas en tus hombros. Si eliges el tema con que puedes -y tu aguante es tu valor- no te abandonarán las palabras de los dioses ni el orden claro de la vida. Dirás enseguida lo que enseguida ha de decirse, muchas cosas dejarás de momento, aquí te quedarás un rato y allí llegarás cuando precises, durante un instante disfrutarás de un sabor muy simple y durante otro observarás el universo. El don te ha sido dado cuando conozcas tus pasos sobre la faz de la tierra. En otro caso, no lamentes haber llegado antes que ninguno adonde no quisiste o adonde esperan tus viejos e implorantes conocidos, quienes lo peor de ti, como siempre, te mendigan. Si has reflexionado, ya sabes de qué fuente mana tu escritura. Sé como Sócrates valiente y ya verás que sin esfuerzo llegarán las palabras a tu tema. Si aprendiste dónde está tu patria, y a los amigos qué debes, cuál es el afecto para un padre, un hermano o un huésped, cuál para quien te enseña; si sabes qué exigir a un juez o a un senador, qué hace un general en la guerra y en qué corazón guarda un artista su fracaso; si sabes eso, entonces darás a tus personajes lo que debes y a ti mismo te darás un sitio para mirar el mundo y dar la espalda al daño. Mezcla lo placentero y lo útil, hurga en tus sentidos como en tu razón, ofrece cuanto tengas y no sólo tu dolor. Entonces tu libro atravesará los mares y prolongará en el tiempo tu fama de escritor. Y si a veces te equivocas, acaso poco importa, pues ni la cuerda suena siempre justa con la mano –y se vuelve aguda a un gesto grave- ni el arco alcanza a todo a lo que el arquero apunta. La poesía es como la pintura; una cautivará si te acercas, otra si te vas lejos; ésta goza en la penumbra, pero aquélla busca la luz de quien la juzga; ésta de aquí gustará una vez y aquella otra agradará cien veces. Ahora bien, apresa en tu memoria lo que se dice para ti: ni los dioses ni los hombres han concedido al poeta el ser mediocre. Del mismo modo que en una noche hermosa disuenan las vulgares melodías de una pobre orquesta, un perfume cargado o una torpe caricia, así las palabras nacidas para el alma, si no alcanzan altura, caen a lo más bajo. El que no es guerrero se abstiene de las armas en el Campo de Marte, y el que no conoce el disco no lo lanza a la hilaridad del público: ¿por qué ha de componer palabras quien cree que basta con decirlas, quien no conoce su filo ni la orza de sus mares? No, tú no harás nada que repugne a Minerva: ésa es tu razón. Si escribes algún día, haz como te he dicho y guárdalo en tu casa ocho años si es preciso: decidirás más tarde. Siempre puedes destruir lo que callaste, pero las palabras dichas nunca vuelven.”

Horacio, Poética.-

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